EL BALLET DEL INQUISIDOR Y LA BRUJA

 Diablo omnipresente

  En cualquier ciudad o pueblo de la península, allá por los siglos XVI y XVII, se dieron causas contra mujeres y hombres malfamados, tenidos por hechiceros que, aplicando técnicas distintas ( «malas artes» ), creían entrar en relación, de forma más o menos explícita, con el Diablo.
   El Diablo anda por todas partes, según es bien sabido: pero las mujeres se entienden con él para satisfacer sus pasiones y odios, amorosos en gran parte, o para ganar dinero, vendiendo sus conocimientos mágicos a otras mujeres y hombres que también están dominados por la pasión, pero que se consideran ignorantes.
  Volvemos a los arquetipos. Circe, mujer seductora por sí misma, es hechicera. Medea, mujer violenta y frustrada en su amor, es hechicera. Canidia, terrible, es hechicera. Todas con propios fines. Pero aparecen además las viejas, sin ilusión erótica propia, que trabajan para otros. Ya salen en los costumbristas griegos y latinos, en los poetas eróticos. Y he aquí que pasados siglos, los modelos son los mismos para dramaturgos y novelistas. Para los inquisidores también. Porque, en efecto, aquí está el proceso contra una dama más o menos bien situada y enloquecida de amor. Aquí el de la mujer lujuriosa, violenta, entrada en años, que no se resigna a la renuncia, así como así. Aquí, por fin, el de la Celestina: alcahueta, perfumista, vendedora de aderezos femeniles y sobre esto, hechicera: fabricante de filtros de amor o desamor, conocedora de conjuros en que saldrán desde los príncipes del Infierno al «Diablo cojuelo». El señor inquisidor en su tétrico despacho de Toledo, de Cuenca, de Valladolid, o cualquier otra ciudad, tendrá que interrogarlas, llamar a testigos, deliberar, sentenciar .
  Si se piensa que casi todas salen convictas y confesas de haber tenido tratos muy familiares con el Demonio y de haber cometido una serie de feas fechorías, parece que la pena común de auto o autillo con coroza, paseo en asno por las calles de la ciudad, cien azotes y alguna penitencia más, no es muy grave. Más si se considera también a qué penas estaban expuestos aquellos que por la misma época y creyendo en Díos, tenían acerca de El ideas un poco diferentes a los señores del Santo Oficio y otros teólogos.
  Tal vez, en un caso, el inquisidor actúa como juez de costumbres y castiga como tal, mientras que en el otro actúa como juez de ideas y ya se sabe que con las ideas no hay que jugar. Una cosa son las mujeres y los mozos enamorados y otra los herejes. Con éstos, toda dureza es poca. Pero, leyendo a Fernando de Rojas, a Cervantes, a Lope, a otros autores de los siglos XVI y XVII, puede uno llegar a preguntarse hasta dónde no hay algo de impostura o de fariseísmo en la manera de actuar de estos jueces, doctos y sesudos, que ven al que hace pactos diabólicos más tranquilamente que al que invoca al Dios de Israel o piensa que en Roma hay muchos abusos.

Brujería colectiva

  La «praxis» resulta más complicada cuando se trata de procesos de lo que pudiéramos llamar «Brujería colectiva», es decir, de aquéllos en que quedan acusadas muchas personas a la vez, por haber ido al aquelarre o sabbat, haber adorado al Demonio, haber cometido mil fechorías sobre hombres, animales, haciendas, provocando muertes y enfermedades, tempestades, pérdidas de cosechas. Todo lo malo que se pueda imaginar y en sociedad o asociación.
  Estos procesos se dieron en muy distintas partes de la Europa medieval. Es complicado seguir los pasos a la acción de la justicia, simultáneamente, pero no cabe duda de que en los Pirineos hay un viejo foco de acción y que, en la Península, donde más abundan es en las provincias Vascongadas y Navarra, aunque no falten en otras partes. En todo caso, los rumores básicos se fundan en tradiciones muy viejas y extendidas acerca de la existencia de conventículos de brujas que, en cada país, tienen un lugar famoso. Fuera de las áreas referidas, Cernégula, Barahona, Gallocanta, etc. Lo mismo se darán en tierras germánicas lejanas. Mas la tradición se convierte en terrible realidad cuando, a lo largo de los siglos XIV y XV, se mata a mansalva a los acusados de haber adorado al Demonio en conventículos tales y no sólo esto sino que también se escriben manuales enderezados a facilitar el trabajo a los jueces. Descollará entre estos manuales el «Malleus maleficarum», compuesto por dos dominicos alemanes.
  Los horrores producidos por la especie de locura teológica que se da, sobre todo, a raíz de la bula «Summis .desiderantes» de Inocencio VIII (5 de diciembre de 1484), han sido contados mil veces.
  En pleno Renacimiento, en época de papas letrados y aun tenidos por algo escépticos y paganizantes, se repitieron los actos de terror que, en principio, -fuerza es confesarlo- se justificaron en libros de hombres muy eruditos en letras sagradas y profanas, los cuales no sólo conocían las leyes viejas, sino también los textos griegos y latinos que podían apoyar la creencia en la acción real de brujas y hechiceras. En ningún caso parece más cierta la sentencia de Heráclito de que aprender mucho no hace fuerte a la inteligencia, como al leer aquellos libros abominables.
  Como coronación archierudita de tal literatura podría ponerse el libro de Martín del Río con sus disquisiciones mágicas; pero hay otros anteriores, igualmente detestables en espíritu, como el de Bodin y algunos posteriores, como los de De Lancre: los dos, hombres civiles. Como civiles, también actuaron una serie de magistrados de Francia, Alemania, Inglaterra, católicos y protestantes, que dejaron triste memoria.


Actitud de los inquisidores

  La literatura en lengua castellana no es de las más descomedidas y, a lo largo de los siglos, hay teólogos que defienden la vieja tesis del ensueño: esto, en pleno siglo XV, en pleno siglo XVI. El parecer de los inquisidores es vario. En unos momentos, hay procesos en que se acepta la doctrina de la realidad. Esto ocurre, por ejemplo, en Navarra, poco después de que las tropas de Carlos V entraran en el antiguo reino. También cuando en tiempo de Felipe III se celebraba el escandaloso auto de fe de Logroño del que corrió una relación que produjo estupor. Pero, en otros casos que se dan escalonados, parece que los inquisidores procuran frenar las pasiones populares e incluso la acción de señores rurales, corregidores y otras autoridades, lanzadas a administrar justicia por su cuenta. Pase el negocio por donde tiene que pasar. Mucho papeleo. Mucha deliberación. Consultas a la Suprema. Al final incluso, sobreseimientos o silencios.
  No nos imaginemos, pues, grandes hogueras con brujas ardiendo vivas ni otras escenas horribles y estereotipadas de esta clase, pero sí a muchas pobres mujeres y hombres encarcelados, llevados de aquí a allá, esperando la sentencia y muriendo, a veces, mientras llega. Pensemos también en familias afrentadas, en matrimonios deshechos, en vecindades destruidas por el odio. En pequeñas autoridades locales ejerciendo un poder con sadismo e histeria. Cada vez se abre un foso mayor entre los que creen y los que no creen, pero los padecimientos no cesan porque haya hombres de cabeza que defienden la «teoría» tal, frente a la «teoría» cual: irrealidad frente a realidad.

  El auto de fe de Logroño

    Llegó, sin embargo. un momento en que las cosas llegaron a su límite. El citado auto de fe de Logroño, celebrado los días 7 y 8 de diciembre de 1610, fue objeto de una «relación» impresa, como otros. Pero no era esta una relación sucinta de delitos y castigos, sino una larga descripción de los horrores que llevaban a cabo los brujos y brujas allá en la Montaña atlántica de Navarra, en mis tierras familiares de Vera, Lesaca. Zugarramurdi, el Baztán, el valle de Santesteban. El que escribió el relato. utilizó parte del proceso. pero bordó otra. Ha sido una de las piezas de mayor descrédito contra la Inquisición que se utilizaron en el momento en que se abolió. Como es sabido, Moratín hijo, publicó una edición con notas burlescas de la que se hicieron bastantes reimpresiones a lo largo del siglo XIX.
   En ella quedaban en muy triste lugar don Alonso Becerra Holguín, del hábito de Alcántara; don Juan Valle Alvarado y don Alonso de Salazar y Frías, inquisidores apostólicos. En realidad, los responsables de lo ocurrido fueron los dos primeros. El tercero actuó. pero de una manera que no ha sido conocida hasta mucho después. En la zarabanda o baile convulsivo final con que podría terminar nuestro «ballet», bailan de manera feroz y descompuesta Becerra Holguín y Valle Alvarado. Bailan también brujos y brujas. testigos, niños, sapos con cogulla, machos cabríos. Todos en su ámbito propio, en la cueva infernal, con el púlpito en que predican los doctores de la secta y el «Infernako erreka» atravesándola. Todo es verdad. Vuelos, metamorfosis. «untos» tan terribles como los de Milán, sortilegios de todas clases dentro de una organización que es como la «Contraiglesia», la inversión total del Cristianismo. Participan en tales actos, señoras y sacristanes, molineros. viejos caseros y caseras, hidalgos de pueblo. iQuién lo diría!
  ¿Se puede creer todo esto y darlo a la publicidad? Don Alonso de Salazar y Frías, un sacerdote más jurista que teólogo. que había estado en Roma y que murió casi a la vez que Lope. de canónigo de Jaén, dudó, al parecer, desde el principio. Los señores de la Suprema, en Madrid, también. Pidieron dictamen a eruditos como Pedro de Valencia. Al fin comisionaron al mismo Salazar para que, con un «edicto de gracia» en mano, revisara todo lo ocurrido.
  Y aquí termina el «ballet». A unos movimientos furiosos sigue una paralización total. El inquisidor se sienta. Los brujos también. Hablan sin levantar la voz. Todo lo dicho antes es mentira. No ha habido ni hay juntas, ni machos cabríos, ni unciones y metamorfosis, ni sapos vestidos de fraile, ni niños cuidándolos. Todo lo declarado ha sido producto del terror colectivo, del miedo: del «bulo», en fin. Para que no vuelva a pasar lo ocurrido, lo mejor es no hablar de ello. Tal es el último dictamen del licenciado Salazar y Frías.
   Lo malo es que se siguió hablando. Sin embargo, sus informes surtieron cierto efecto porque, por lo menos en los países teatro de las persecuciones, no volvió a haber grandes procesos. Lo cual no quita para que literatos de mayor o menor renombre siguieran aludiendo a la brujería vascónica como a cosa conocida y para que hoy todavía haya gente que, por temperamento, prefiera creer en que las brujas vuelan y sostengan que los inquisidores deben aceptar todos los testimonios como buenos, a pensar que «el sueño de la razón produce monstruos».


Baroja Caro, Julio. El ballet del inquisidor y la bruja. Biblioteca Gonzalo de Berceo. La inquisición española

 


Comentarios

Entradas populares